En uno de los barrios de La Serena, habitaba doña Olga Quiñonez. Ella siempre repartía chisme por todo el lugar y tenía un nivel de investigación tan alto que era toda una profesional en el chisme.
Una noche, Olga sintió ruidos afuera de su casa, por lo que se asomó y vio una procesión. Le resultó extraño, ya que era de madrugada. Entonces, uno de los encapuchados se acerca a su puerta y le entrega una vela. Le dice que al día siguiente vendrá a recogerla. La mujer, extrañada y asustada, toma la vela, cierra las ventanas y hace lo que mejor sabe hacer; le cuenta a todo su barrio lo que le había sucedido.
Luego fue a una iglesia y el padre le advierte que algo grave a pasado. Le dice que cuando le devuelva la vela al encapuchado, debe estar sosteniendo un bebé llorando durante todo el encuentro, de lo contrario, algo malo sucederá.
Doña Olga va a su casa y consigue a un bebé recién nacido con su vecina. Hace llorar al bebé y espera la procesión. El encapuchado toda la puerta y pide su vela. Con la mano temblorosa, la mujer se la entrega, con la guagua llorando en el otro brazo.
- Así que seguiste los consejos del cura - dice el encapuchado.
- Sí - responde Olga.
- Que bueno por usted, doña. Hoy yo venía a llevármela, pero con el bebé, no puedo.
Entonces el hombre se saca la capucha y de su cabeza salen lenguas de fuego con forma de serpientes que se mueven sin parar.
Doña Olga nunca más volvió a sus viejas prácticas por miedo a que regresara la procesión.
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